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Ramón de Campoamor por Francisco Arias Solís

lunes, 30 de noviembre del 2009 a las 07:03
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RAMÓN DE CAMPOAMOR

(1817-1901)

 

Casi es más triste –pensaba-

mirar la vida que empieza

que ver la vida que acaba.”

Ramón de Campoamor.

 

LA VOZ DEL DOLORIDO SENTIR

 

La obra del poeta asturiano Ramón de Campoamor se halla repartida entre las dos mitades del siglo XIX, es decir, entre el romanticismo y esa segunda etapa que se ha dado en llamar genéricamente posromántica. Su larga vida (no olvidemos que Campoamor nació en 1817, es decir, el mismo año que lo hicieran un Zorrilla o un Enrique Gil y unos veinte años antes que Bécquer o Rosalía de Castro) hace que su producción poética nada exigua, participe tanto de la corriente romántica propiamente dicha, de la que se apartara no obstante antes de haber iniciado ésta su declive, como de otras varias surgidas en la segunda mitad del siglo, inscribiéndose en estos cincuenta últimos años sus obras más significativas.

 

Ramón de Campoamor nace en Navia el 24 de septiembre de 1817. Su educación primaria corrió a cargo de severos dómines. Más tarde realiza estudios humanísticos en Santa María del Puerto y Santiago de Compostela. Trasladado a Madrid, el poeta asturiano inicia estudios de medicina que abandonaría rápidamente. Elegido el camino de las leyes, rutinaria entrada en la época para los altos puestos de la administración y de la política, no lo llevó tampoco hasta su final. Por estos años había ya comenzado a dar salida a su vocación literaria. Su primera poesía data de 1837. Colabora en publicaciones románticas como El Alba y No me olvides. En 1840, en pleno apogeo romántico, sale a la luz su primer libro de poemas, Ternezas y flores, en ese año se dieron también a conocer con sus primeras publicaciones Espronceda, Zorrilla, García Gutiérrez y el Duque de Rivas. Sus estudios legislativos y sus éxitos como poeta, le llevan a ser nombrado gobernador civil de Castellón, de donde pasó a ocupar igual cargo en la provincia de Alicante y posteriormente en la de Valencia.

 

Durante su estancia en Alicante contrajo matrimonio con Guillermina O’Gormanm, dueña de una no despreciable fortuna en esas tierras. Campoamor ocupó puestos políticos de importancia entre ellos el de Director General de Beneficencia y Sanidad y Consejero de Estado, siendo Diputado y Senador por el Partido Moderado. Publicó Historia crítica de las Cortes reformadoras, Filosofía de las Leyes, El personalismo, entre otros trabajos, y las obras dramáticas, Guerra a la guerra (1870), El palacio de la verdad (1871), Cuerdos y locos (1871) y Dies irae (1873), pero lo que ha inmortalizado su nombre ha sido su obra poética. Fue elegido miembro de la Real Academia Española en 1861. Falleció en Madrid el 2 de febrero de 1901.

 

En Ayes del Alma (1842), su segunda colección poética, se anuncia ya un propósito de alejamiento de la estética romántica, en la que probablemente no creía y a la que auguraba un porvenir bastante problemático, sin embargo, esta colección responde todavía demasiado fielmente a los presupuestos de sello esproncediano. Campoamor publicará otro librito de poemas al que tituló Fábulas en el que se hallan ya prefigurados y con sus caracteres esenciales los tres géneros que han de ser cultivados por el poeta y han de darle personalidad y renombre; esto es, sus personalísimas “doloras”, “pequeños poemas” y “humoradas”, que ya bien poco, o nada, tienen que ver con la naturaleza eminentemente romántica de Ternezas y flores, y que el propio poeta definió así: “¿Qué es una humorada? Un rasgo intencionado ¿Y dolora? Una humorada convertida en drama ¿Y pequeño poema? Una dolora amplificada”.

 

Su obra más representativa, la que define quizá mejor que ninguna otra el quehacer poético de Campoamor, apareció en 1846 bajo la singularísima denominación genérica de Doloras, siendo objeto de una acogida raramente dispensada hasta entonces a una obra impresa y promoviendo continuas polémicas en la prensa. El propio Campoamor definió la “dolora” como una composición poética “en la cual se debe hallar unida la ligereza con el sentimiento y la concisión con la importancia filosófica”. Hasta el neologismo que las titulaba fue puesto a discusión pensando si en su elección contaba fundamentalmente ese dolorido sentir que tan frecuentemente le inspira.

 

La siguiente colección poética de Campoamor vio la luz más de veinte años después de la publicación de las Doloras; se tituló Pequeños poemas y apareció entre 1872 y 1874, motivando en mayor medida si cabe la publicación interior, ruidosos debates en distintos periódicos para algunos de los cuales el mero título del libro era censurable por constituir un flagrante galicismo. Las doloras se amplifican según la sintética definición de propio Campoamor para convertirse en los Pequeños poemas, entre los que se encuentran algunas de sus composiciones más celebradas; es el caso por ejemplo, del popularísimo “El tren expreso” o “Las tres rosas”. La tercera de las colecciones fue titulada Humoradas (1885-1888), calificadas por Campoamor de “rasgo intencionado” se nos presenta por lo general en pareados o cuartetos, tienen prolongaciones en algunos de los “decires” de Juan de Mairena.

 

La obra poética de Campoamor comprende también una colección de más de un centenar de composiciones, recogidas bajo el título de Cantares y tres poemas extensos, Colón, El licenciado Torralba y El drama universal.

 

Las características mas acusadas de la obra poética de Campoamor son: un agudo ingenio acompañado de una sutil ironía y no exento de momento de afortunado humor; intencionalidad práctica; rasgo de claro matiz conceptista; un más que accidental prosaísmo no siempre reñido, bien es cierto, con detalles de alta calidad poética; y , formalmente, escasa fortuna en el manejo de la versificación. El mérito de Campoamor para Luis Cernuda radica en “haber desterrado de nuestra poesía el lenguaje preconcebidamente poético”.

 

A Campoamor hay que leerlo teniéndole presente en su época. El tomó la vida en torno suyo y le dio un sentido trascendentalizando la anécdota por menuda que fuere.

 

Campoamor es un caso singular en la poesía española. No puede ofrecerse un contraste mayor entre la glorificación que alcanzó en vida y su total exclusión del panteón de las deidades poéticas en los tiempos inmediatos a su muerte, es decir, a todo lo largo del siglo XX. El fenómeno inclina a meditar. No se pasa casualmente del aplauso y la admiración de toda una época a la total depreciación, a la negación de toda virtud poética.

 

“Los Pequeños poemas –decía Clarín- son de lo mejor que se ha escrito en lo que va de siglo”. “Campoamor no es solo un gran poeta –decía Azorín-, es uno de los más grandes de toda la literatura española ...” Y Dámaso Alonso nos ha dicho: “Espero que llegará un día en que se reconozca cuán original fue su posición dentro del siglo XIX español ..” . Y como dijo el poeta: “Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

 

Francisco Arias Solís

 

Siempre podemos hacer algo por la paz y la libertad.

 

XIII Festival Poético por la Paz y la Libertad

 

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Antonio Espina por Francisco Arias Solís

domingo, 29 de noviembre del 2009 a las 06:18
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ANTONIO ESPINA

(1894-1972)

 

Aquí yace boca arriba

Uno que cayó de bruces

Muchas veces en la vida.”

Antonio Espina.

 

LA VOZ DEL ARTE LITERARIO

 

Algunos críticos sitúan a Espina, poeta genial, novelista y estupendo ensayista y biógrafo, en la línea que une a Quevedo, Larra y Unamuno. Como ellos, Espina reacciona con indignación ante el medio que le rodea; pero cada uno viste su exasperación con el traje de su tiempo, y a Espina le correspondió una indumentaria cosmopolita. La obra de Espina es una amarga crítica del mundo absurdo, frívolo y sin valores, de la sociedad europea tras la primera gran guerra. El estilo de fuerte raigambre conceptista revela claramente la carga crítica que subyace en unas divagaciones hechas al hilo del ramoniano “nada importa nada”.

 

Antonio Espina nació en Madrid en 1894. Abandonó la carrera de Medicina para dedicarse al la literatura y al periodismo. Ha sido redactor de los siguientes diarios de Madrid: Vida Nueva, Heraldo de Madrid, El Sol, Crisol y Luz. Colaboró en otros muchos de España y extranjero y varias revistas, entre ellas las siguientes: La Pluma, España, Revista de Occidente y La Gaceta Literaria. El 30 de enero de 1930, el mismo día en que caía la Dictadura de Primo Rivera, aparecía dirigida por Antonio Espina, José Díaz Fernández y Adolfo Salazar, la revista Nueva España. La revista tenía la intencionalidad de cubrir “todo el ala ideológica de las izquierdas” y de mantener una línea de periodismo polémico. Más tarde se incorporó a la dirección Joaquín Arderius. Durante aquellos años, es cierto que Antonio Espina bulló mucho y militó valientemente y en vanguardia en el arte nuevo.

 

Excluido caprichosamente, como tantos otros, de la llamada generación del 27. Antonio Espina, según Juan Ramón Jiménez, "genial, pero desaprensivo, irónico, quedó solo, asilado, satírico". Escritor independiente, se relaciona, por su independencia misma, con autores como Mauricio Bacarisse y Juan José Domenchina, cercanos a veces al ultraísmo, al creacionismo y al surrealismo, sin que se adhieran plenamente a ninguna de estas escuelas. Los poemas de Espina están escritos con levedad y gracia juguetona, próxima a la desplegada por José Moreno Villa y por Ramón Gómez de la Serna con quien le unieron muchos lazos de afinidad.

 

El arte de Espina pasa de los versos de su Signario y Umbrales, a las prosas de su Pájaro Pinto, Luna de copas, Luis Candelas, el bandido de Madrid, Romea, el comediante, Ganivet: el hombre y la obra, entre otros libros.

 

En 1935 fue procesado por publicar, en El Liberal de Bilbao, “El caso Hitler”. Partidario de la implicación del escritor en la política, Antonio Espina militó en el partido de Azaña, "Izquierda Republicana". Fue gobernador civil de Ávila y más tarde de Baleares, ya en los comienzos de 1936. Al terminar la guerra fue condenado a muerte, pero luego le fue conmutada la pena. Inicia así una dolorida y silenciosa posguerra, que termina con un exilio en México. Colabora en las revistas literarias del exilio español: Realidad /Revista de ideas, Las Españas, Los Sesenta, Cabalgata, Comunidad Ibérica y La Novela Española. En la asamblea constitutiva del Ateneo Español de México fue nombrado secretario de la sección de literatura.

 

Vuelto a España, en 1960, vive un particular exilio interior, con algunas colaboraciones en ABC, que firma con el seudónimo de “Simón de Atocha” y en las páginas de la Revista de Occidente, en su segunda época. En estos años reedita El alma Garibay (1964) y El genio cómico y otros ensayos (1965), ambas en Chile y recopilación, ambas, de viejos artículos y poemas. Publicó una historia de la prensa española El cuarto poder, llena de sabrosas reflexiones y cargada de intención política. Solitario, se le veía en alguna tertulia del Café León y a veces en compañía de Francisco Ayala y José Bergamín. Antonio Espina muere en Madrid el 12 de febrero de 1972.

 

El verso de Antonio Espina admira y asombra por la realidad de su presencia viva. Espina, depura, ciñe los objetos que mira –las imágenes de su pensamiento- apretando su contorno finamente hasta reducirlo a la expresión estricta, precisa, justa. Se había dicho que el verso de Antonio Espina tenía ritmo de chotis: y se ha añadido –por Marichalar- de “chotis encima de un ladrillo”.

 

Antonio Espina tiene la gran dicha de ser genial, auténtico, espontáneo, inmediato. Y luego: el escribir, el escribir por escribir: el arte literario. Y además el tener talento. El talento literario de Espina es dejar pasar todas las espontaneidades geniales de su invención poética, en prosa y verso, que da al arte de Espina ese sabor de autenticidad, de pura poesía.

 

El arte literario de Espina es de una finísima piel. El artista se inhibe, escapa, desaparece, para que el arte y sólo el arte –su arte- quede. Y es que, como dijo genialmente nuestro poeta: “El que ama la paradoja, en ella se queda.”

 

Francisco Arias Solís

 

La primera condición para la paz es la voluntad de lograrla.

 

Portal de Internautas por la Paz y la Libertad y de Foro Libre.

 

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Antonio Medina por Francisco Arias Solís

domingo, 29 de noviembre del 2009 a las 06:09
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ANTONIO ESPINA

(1894-1972)

 

Aquí yace boca arriba

Uno que cayó de bruces

Muchas veces en la vida.”

Antonio Espina.

 

LA VOZ DEL ARTE LITERARIO

 

Algunos críticos sitúan a Espina, poeta genial, novelista y estupendo ensayista y biógrafo, en la línea que une a Quevedo, Larra y Unamuno. Como ellos, Espina reacciona con indignación ante el medio que le rodea; pero cada uno viste su exasperación con el traje de su tiempo, y a Espina le correspondió una indumentaria cosmopolita. La obra de Espina es una amarga crítica del mundo absurdo, frívolo y sin valores, de la sociedad europea tras la primera gran guerra. El estilo de fuerte raigambre conceptista revela claramente la carga crítica que subyace en unas divagaciones hechas al hilo del ramoniano “nada importa nada”.

 

Antonio Espina nació en Madrid en 1894. Abandonó la carrera de Medicina para dedicarse al la literatura y al periodismo. Ha sido redactor de los siguientes diarios de Madrid: Vida Nueva, Heraldo de Madrid, El Sol, Crisol y Luz. Colaboró en otros muchos de España y extranjero y varias revistas, entre ellas las siguientes: La Pluma, España, Revista de Occidente y La Gaceta Literaria. El 30 de enero de 1930, el mismo día en que caía la Dictadura de Primo Rivera, aparecía dirigida por Antonio Espina, José Díaz Fernández y Adolfo Salazar, la revista Nueva España. La revista tenía la intencionalidad de cubrir “todo el ala ideológica de las izquierdas” y de mantener una línea de periodismo polémico. Más tarde se incorporó a la dirección Joaquín Arderius. Durante aquellos años, es cierto que Antonio Espina bulló mucho y militó valientemente y en vanguardia en el arte nuevo.

 

Excluido caprichosamente, como tantos otros, de la llamada generación del 27. Antonio Espina, según Juan Ramón Jiménez, "genial, pero desaprensivo, irónico, quedó solo, asilado, satírico". Escritor independiente, se relaciona, por su independencia misma, con autores como Mauricio Bacarisse y Juan José Domenchina, cercanos a veces al ultraísmo, al creacionismo y al surrealismo, sin que se adhieran plenamente a ninguna de estas escuelas. Los poemas de Espina están escritos con levedad y gracia juguetona, próxima a la desplegada por José Moreno Villa y por Ramón Gómez de la Serna con quien le unieron muchos lazos de afinidad.

 

El arte de Espina pasa de los versos de su Signario y Umbrales, a las prosas de su Pájaro Pinto, Luna de copas, Luis Candelas, el bandido de Madrid, Romea, el comediante, Ganivet: el hombre y la obra, entre otros libros.

 

En 1935 fue procesado por publicar, en El Liberal de Bilbao, “El caso Hitler”. Partidario de la implicación del escritor en la política, Antonio Espina militó en el partido de Azaña, "Izquierda Republicana". Fue gobernador civil de Ávila y más tarde de Baleares, ya en los comienzos de 1936. Al terminar la guerra fue condenado a muerte, pero luego le fue conmutada la pena. Inicia así una dolorida y silenciosa posguerra, que termina con un exilio en México. Colabora en las revistas literarias del exilio español: Realidad /Revista de ideas, Las Españas, Los Sesenta, Cabalgata, Comunidad Ibérica y La Novela Española. En la asamblea constitutiva del Ateneo Español de México fue nombrado secretario de la sección de literatura.

 

Vuelto a España, en 1960, vive un particular exilio interior, con algunas colaboraciones en ABC, que firma con el seudónimo de “Simón de Atocha” y en las páginas de la Revista de Occidente, en su segunda época. En estos años reedita El alma Garibay (1964) y El genio cómico y otros ensayos (1965), ambas en Chile y recopilación, ambas, de viejos artículos y poemas. Publicó una historia de la prensa española El cuarto poder, llena de sabrosas reflexiones y cargada de intención política. Solitario, se le veía en alguna tertulia del Café León y a veces en compañía de Francisco Ayala y José Bergamín. Antonio Espina muere en Madrid el 12 de febrero de 1972.

 

El verso de Antonio Espina admira y asombra por la realidad de su presencia viva. Espina, depura, ciñe los objetos que mira –las imágenes de su pensamiento- apretando su contorno finamente hasta reducirlo a la expresión estricta, precisa, justa. Se había dicho que el verso de Antonio Espina tenía ritmo de chotis: y se ha añadido –por Marichalar- de “chotis encima de un ladrillo”.

 

Antonio Espina tiene la gran dicha de ser genial, auténtico, espontáneo, inmediato. Y luego: el escribir, el escribir por escribir: el arte literario. Y además el tener talento. El talento literario de Espina es dejar pasar todas las espontaneidades geniales de su invención poética, en prosa y verso, que da al arte de Espina ese sabor de autenticidad, de pura poesía.

 

El arte literario de Espina es de una finísima piel. El artista se inhibe, escapa, desaparece, para que el arte y sólo el arte –su arte- quede. Y es que, como dijo genialmente nuestro poeta: “El que ama la paradoja, en ella se queda.”

 

Francisco Arias Solís

 

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La pertinaz desigualdad por Francisco Arias Solís

viernes, 27 de noviembre del 2009 a las 23:01
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LA PERTINAZ DESIGUALDAD

 

¡Ahora sólo quiero que me des la mano

con la fraternal melancolía

de todos los seres que padecen el mismo destino!

No afiles porque soy mujer

tu desdén o galantería,

no me des limosna

de tu caballerosidad insalvable y amarga.”

Susana March.

 

LA IGUALDAD MEJORA EL BALANCE TOTAL

DE LA ORGANIZACION SOCIAL

 

Las relaciones entre los sexos están felizmente condenadas a la difícil igualdad desde una cuidadosa valoración de la diferencia. Tal situación se ve frenada por las obstinadas tendencias de dominio de un sexo sobre otro y sus consecuencias en el mantenimiento de opiniones de desprecio hacia la mujer en una organización social que la discrimina.

 

No es preciso recordar que la historia humana está escrita sobre el dominio del varón sobre la mujer. También la historia tiene alguna que otra excepción a la regla, pero, en general, la mujer es considerada como un ser humano de segunda clase.

 

El hombre, de acuerdo con una constante en el mundo de los vertebrados superiores dispone de una mayor fuerza física. El elemental planteamiento de “quien pueda a quien” que habitualmente se resuelve en favor del poderoso, ha constituido una diferenciación potencialmente marginadora de la mujer. En la actualidad es buena prueba de ello el frecuente caso de mujeres físicamente maltratadas por el hombre (y no viceversa), a pesar de que en nuestro país la mayoría de los malos tratos ni siquiera son denunciados.

 

La rica disponibilidad afectiva de la mujer que no responde a una fantasiosa imaginación romántica o a una simple estructuración cultural sino que es un aspecto mental de la diferencia biológica general y encefálica particular que se da entre los sexos en todos los vertebrados, no puede significar marginación sino enriquecimiento, salvo en el caso de que determinadas personas o culturas interesadas en la desigualdad, por miedo a perder sus privilegios, decidan marginar un sexo desde la preponderancia del otro.

 

La disimetría entre los sexos por lo que se refiere a las competencias reproductoras es espectacular, y ha supuesto para la mujer una situación de confinamiento reproductor. La mujer invierte en la reproducción mucho más que el hombre, desde los gametos, hasta la gestación y los primeros tiempos del desarrollo extrauterino. En el periodo de reproducción la mujer queda muy monopolizada por este quehacer que le supone el freno a su presencia en la sociedad. No obstante, esta fuente de diferenciación está sufriendo en su vertiente poblacional un cambio fundamental.

 

Por primera vez en la historia de la Humanidad, la reproducción ha dejado de ser una urgencia y ha pasado a una situación de regulación. Todo ello por causa de la relativa generalización de la sanidad. La extensión de la limpieza, la cloración del agua y el descubrimiento de los antibióticos han significado un cambio en la relación entre los sexos tan fuerte como el derivado de cualquier modificación ideológica; y todo ello debido a la liberación del confinamiento reproductor de la mujer facilitada por la lógica disminución del número de hijos, puede decirse en términos generales que el confinamiento reproductivo ha quedado reducido a un tercio del anterior, o lo que es equivalente que la presencia social de la mujer se ha triplicado.

 

Los hechos cambian pero también con extraordinaria lentitud incluso en sociedades teóricamente respetuosas de la igualdad entre sexos. No deja de ser preocupante que actualmente en Francia, uno de los países de la Unión Europea más avanzado en este aspecto, sólo un 19% de mujeres, frente a un 52% de hombres han acabado en un nivel de empleo más alto al de su comienzo, que una mujer de cada tres ha sido objeto de algún tipo de acoso sexual en el trabajo durante su vida laboral y que una de cada diez ha visto afectada su carrera profesional en sentido positivo o negativo según haya consentido o resistido a dicho acoso sexual.

 

Las causas del patriarcalismo van desde los genes a las ideologías y es a cada uno de los niveles que entre genes e ideas existen, que hay que aplicar un análisis racional y afectivo para establecer opiniones y relaciones dignas entre mujeres y hombres.

 

Por otra parte la restauración de la igualdad o su establecimiento, no sólo repara la injusta marginación femenina, sino que mejora el balance total de la organización social. La participación libre de las mujeres en la vida social y laboral puede aportar a la convivencia humana los aspectos enriquecedores que le ha hurtado la pertinaz desigualdad, más perversa que aquella otra pertinaz sequía. Y como dijo la poetisa Gloria Fuertes: “Hoy me quieres recoger... / Yo era el agua. / Yo soy el agua, / -quiero y no puedo volver-.”

 

Francisco Arias Solís

 

Sin libertad la vida vale poco.

 

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Jornaleras por Francisco Arias Solís

miércoles, 25 de noviembre del 2009 a las 20:09
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JORNALERAS

 

A la vendimia, niñas

vendimiadoras.

A la vendimia, niña,

que ya es la hora.”

Miguel Hernández.

 

LA INTEGRACION MARGINAL DE LA MUJER

EN EL MERCADO DE TRABAJO

 

La incorporación de la mujer rural al mundo laboral es un factor de cambio importante. A pesar de todas sus contradicciones, el hecho de tener un marco más amplio de relaciones, una participación en el ámbito público y un salario propio, le permite ampliar su campo de actividades y decisiones. Aunque esto no significa que por el hecho de realizar un trabajo asalariado quede superado su papel subordinado, y asuma la igualdad de papeles con el otro sexo, pero posibilita que ponga en cuestión el rol que la sociedad le ha obligado a tomar.

 

Las profundas transformaciones que experimenta el medio rural convergen con un radical planteamiento del papel de la mujer en la sociedad, que se manifiesta en la aspiración de las mujeres a una identidad basada en la autonomía individual y no en la subordinación que arrastra su reinado doméstico.

 

Los procesos de mecanización de la agricultura han hecho desaparecer o transformado muchos espacios de laboriosidad femenina, por otra parte, la universalización de las relaciones de mercado han hecho perder sentido económico a las tareas doméstico-productivas destinadas al consumo familiar, y por último, el papel que ha ocupado tradicionalmente la mujer en la organización del trabajo agrario familiar ya no convence a las jóvenes, que buscan en la industria y los servicios locales la oportunidad de empleo que les permita romper con el destino de sus madres.

 

El rechazo a la agricultura, no es sólo un fenómeno generacional sino también genérico en la medida en que la mujer joven experimenta acentuadamente la contradicción entre sus expectativas, conformadas desde una mejor formación y una más amplia socialización en los valores de la cultura urbana, y los modelos patriarcales y familiares propios de la organización del trabajo agrícola.

 

El cuestionamiento de la identidad social de la mujer rural responde así a procesos sociales que confluyen, y se materializan en la ruptura de un modelo tradicional de laboriosidad femenina, anclado en la domesticidad familiar, en el cual, la actividad de la mujer, ocultada en el ámbito de lo familiar-privado, raramente adquiere la categoría social de “trabajo”.

 

La quiebra del orden tradicional, que situaba claramente a la mujer en cada ámbito de la vida social, entra en contradicción en muchos casos con la estrechez de los mercados de trabajo locales, incapaces de proporcionar alternativas de integración laboral-social a las mujeres. El desarraigo temporal o definitivo de la emigración, puede ser en estos casos la consecuencia inevitable de esta situación.

 

Una de las características del trabajo agrario, en general, es la eventualidad. El desarrollo de los sectores más rentables de la agricultura, se ha basado en gran medida en el empleo de una gran cantidad de obra femenina eventual (fresa, flor cortada, aceituna, vendimia, algodón, naranja...).

 

El colectivo de jornaleras se caracteriza por una baja cualificación profesional y la frecuente falta de relación contractual con la que realizan su trabajo. Trabajo a destajo, horarios excesivos, malas condiciones de trabajo y salarios “femeninos” son algunos de los rasgos que caracterizan este duro trabajo.

 

El valor emancipador del salario queda, de alguna forma, cuestionado por esta integración marginal de la mujer en el mercado de trabajo, pudiendo entenderse así la asimilación que se produce muchas veces entre la salarización de las jóvenes rurales y la reproducción del orden tradicional familiar, al constituirse su salario en aportación a la bolsa familiar que le es reintegrado en el momento del matrimonio con la compra del ajuar, y gran parte de los enseres y mobiliario de su futuro hogar.

 

El hecho de que la mujer rural se haya incorporado al mercado de trabajo no supone en líneas generales, que se haya producido un proceso emancipador que le sitúe en una posición de igualdad respecto al varón. La valoración como subsidiario del trabajo femenino, tanto el doméstico como del extradoméstico, dificulta esa aspiración de igualdad. Y como dijo el poeta: “Yo creía que con el tiempo / mis penas se acabarían, / y se me van aumentando / como las horas del día”.

 

 

Francisco Arias Solís

 

La libertad no la tienen los que no tienen su sed.  

 

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El año de la corrupción por Francisco Arias Solís

martes, 24 de noviembre del 2009 a las 18:12
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EL AÑO DE LA CORRUPCIÓN

 

Y pare usted de contar

que en estas cuentas a España

no toca sino el llorar.”

Rafael Alberti.

 

ES HORA DE HACER ALGO

 

Se puede decir que la situación actual está caracterizada por una alarma social en la que todos tenemos algo que ver. “Para que triunfe el mal –decía Edmund Burke-es necesario que la gente decente no haga nada”.

 

Este año entrará en la historia como un año negro. Está siendo un año cargado de grandes dosis de escándalo derivadas de la corrupción y del fraude. Un año que, mal que nos pese, será recordado como “el año de la corrupción “. Un año en que las denuncias, publicaciones y revelaciones de escándalos están a la orden del día y los ciudadanos, de una y otra forma, han sentido de cerca la angustia y la rabia, y, a la vez, la desconfianza hacia sus administradores –públicos y privados-, cuyos nombres propios acaparan las noticias y los titulares de los medios de comunicación durante muchos días y, en todos los casos, con la misma cuestión de fondo. ¿qué será lo próximo?; ¿quién será el próximo?

 

Los protagonistas del año, están al frente de instituciones fundamentales, con responsabilidades públicas o privadas de gran calado. Y la alarma social ha llegado a su cota más alta porque, además, económicamente hablando, se nos pide, una vez más, sudor y lágrimas, para poder adquirir una vivienda.

 

Es norma habitual que, en buena parte del mundo, se niegue que la corrupción existe, a pesar de que estamos viendo, que en ciertos ambientes ésta se manifiesta de forma generalizada. Ningún país será capaz de reconocer semejante epidemia, porque su aceptación implica la incapacidad para establecer un control sobre una situación propiciada. Esta situación, esta epidemia, esta afloración de la corrupción, bien podría ser el resultado de la cultura del pelotazo, mantenida durante las dos últimas décadas, en las que el dinero se ha convertido en el amo de todo y de todos y en la única referencia de éxito.

 

“El fin corona la obra”, dice el adagio latino, y si en España y en nuestro entorno más cercano se ha afincado la llamada cultura del pelotazo y, como consecuencia, propiciado y tolerado la corrupción, este es el final lógico. Así en zonas de nuestro entorno los jueces están cobrando un protagonismo inusitado. Pero no hay que olvidar que todos, administradores y administrados, políticos y financieros, trabajadores y empresarios, en definitiva, ciudadanos en general, tenemos algo que ver con esto.

 

Es hora de reflexionar y de actuar contundentemente. Es hora no sólo de revelaciones, denuncias, dramatizaciones y procesamientos. Es hora de hacer algo, algo serio, y, sobre todo, de hacer un ejercicio de conducta social sincera y transparente. A los administradores corruptos habrá que recordarles, lo que dijo el poeta: “Siempre dices que te vas / pero no te vas de veras. / ¡Ojalá una vez te fueras / y no lo dijeras más!”.

 

Francisco Arias Solís

 

Tolerancia cero contra la corrupción.

 

 

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Pablo de Xérica por Francisco Arias Solís

domingo, 22 de noviembre del 2009 a las 19:57
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PABLO DE XÉRICA

(1781-1841)

 

Juega de manos Tomás

con sutileza asombrosa,

cual no se verá jamás:

Si él llega a ver una cosa,

su dueño no la ve más.”

Pablo de Xérica.

 

LA VOZ DE UN LIBERAL

 

Para Victor Hugo, liberalismo y romanticismo eran prácticamente dos caras de una misma moneda. En nuestro país además, y dada la fuerza de los grupos conservadores y reaccionarios, liberalismo correspondía a cultura.

 

El romanticismo no es sino el desarrollo natural de los propios ideales ilustrados de la revolución. La prédica de la libertad tenía que chocar en algún momento con la rigidez de las formas literarias. Fruto del deseo de libertad de origen ilustrado son el descubrimiento de la naturaleza, el irracionalismo, los sentimientos localistas y nacionalistas o la manifestación destacada de la individualidad. Si una de las características más clara del romanticismo es el gusto por lo local y lo regional, que se corresponde con la manifestación de los sentimientos personales y la importancia que adquiere el individuo, la guerra contra los franceses será ocasión para que ello se manifieste y, a la vez, se controle. En nuestra poesía del siglo XIX, los poemas a la libertad se confunden muchas veces, o se entremezclan, con las odas a los héroes del 2 de mayo de 1808.

También se integra el sentido de la libertad en los poemas sobre la marginalidad precediendo a cierta poesía modernista que llegará a alabar el vicio y el desorden.

Pablo de Xérica es un liberal. En sus poemas se mantiene una postura ética y estética que no se atreve a romper radicalmente con lo establecido. En una de sus composiciones nos dice: “Vivir tranquilo deseo; / mi juventud pasó ya”.

Pablo de Xérica y Corta nació en Vitoria-Gasteiz el 15 de enero de 1781. Estudió Filosofía con los religiosos dominicos de su ciudad natal y, más tarde, Derecho en la Universidad de Oñate. Por entonces publicó una traducción de las Heroidas de Ovidio. Al acabar sus estudios, pensó dedicarse al comercio y en 1804 publicó Cuentos jocosos en diferentes versos castellanos. Ese mismo ese año se trasladó a Cádiz para establecerse, pero tuvo la mala fortuna de coincidir con la epidemia que en la ciudad se declaró y con la batalla de Trafalgar. Publicó y estrenó en esta ciudad (1807) Los títeres o lo que puede el interés, comedia traducida del francés. Fue redactor del Diario Mercantil.

En el Cádiz de las Cortes existían dos periódicos “serviles y detestables” el Diario de la Tarde y El Censor, a los que Xérica dedicó el conocido epigrama “El suscriptor arrepentido”: “Arrepentido voime a confesar. / Jamás a delinquir he de volver: / ¡Oh buen Jesús! ¿querrásme perdonar? / De culpa tanta ¿quién me ha de absolver? / Pues, si ningún pecado he de ocultar, / decir al Confesor he menester, / ¡Oh Dios mío! que soy un suscriptor / al Diario de la Tarde y al Censor”.

Xérica se trasladó a La Coruña, donde se convierte en secretario de la Junta de Censura y Protección de la Libertad de Imprenta. Terminada la guerra de la Independencia, vuelve a su ciudad natal, y colabora en el Correo de Vitoria. En 1814 Fernando VII declaró nula la Constitución, Xérica fue perseguido por sus ideas liberales, procesado y condenado a un destierro en Melilla por diez años y un día. Se le inició un segundo proceso a consecuencia de la publicación de unos artículos en el Correo de Vitoria, siendo sentenciado a seis años de presidio en Pamplona. Prevenido, sin embargo, escapó a Francia, se mantuvo próximo a la frontera y hubo de pasar tres meses en la prisión de Pau, acusado de conspirar (1817); pasó a París, y allí permaneció tres años, dedicado a estudios literarios. En 1814 publica en Valencia su primer volumen de Ensayos poéticos, donde incluye algunos cuentos que habían sido publicados anteriormente, siendo prohibido por la Inquisición, y reimpreso en 1822 en Vitoria-Gasteiz bajo el título de Poesías de don Pablo de Xérica.

Xérica regresó a España, como tantos, en 1820, y, de acuerdo con su filiación liberal, fue comandante del Batallón de Voluntarios Constitucionales de Vitoria y miembro de la Junta de Censura de la Diputación Provincial de Álava, y, en 1823, alcalde constitucional de Vitoria-Gasteiz. Derrocada la Constitución, permaneció en nuestro país, ocultándose de la persecución que se le hacía. Finalmente, vendió todos sus bienes, pasó a Francia, donde contrajo matrimonio con la francesa Victoria de Cambotte y adquirió la nacionalidad francesa. Establecido en Dax, publicó Colección de cuentos, fábulas, descripciones, anécdotas, diálogos selectos (1831), Miscelánea instructiva y entretenida (1836) y unas Letrillas y fábulas (1837). Pablo de Xérica falleció en la ciudad francesa de Cagnotte (Landas), en marzo de 1841.

De ingenio fácil, festivo, libre y mordaz, los versos de este poeta vasco están llenos de gracia, soltura, malicia y agudeza, y, sin embargo, han caído en un olvido tan vergonzoso como injusto, tal vez, por lo que nos dejó dicho en este epigrama: “Infinitas crueldades / ha concitado tu escrito / y no por sus falsedades. / ¿No sabes porque, maldito? / Porque dice las verdades”.

Francisco Arias Solís

 

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Francisco Cerdá y Rico por Francisco Arias Solís

sábado, 21 de noviembre del 2009 a las 19:44
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FRANCISCO CERDÁ Y RICO

(1739-1800)

 

Si el agua te es placentera,

hay allí fuente tan bella,

que para ser la primera

entre todas, sólo espera

que tú te laves en ella.”

Gaspar Gil Polo. La Diana enamorada.

 

LA VOZ DE UN HUMANISTA

 

Cerdá fue sustancialmente un bibliófilo, como su maestro Mayáns, amaba apasionadamente cuanto representaba el humanismo español del siglo XVI. Dedicó toda su vida a la publicación de textos antiguos con el propósito de poner al alcance del lector obras de difícil o imposible acceso. Como en tantos otros escritores del siglo XVIII, la tarea de Cerdá está mentada por una vivísima pasión patriótica.

 

Cerdá, a diferencia de su maestro Mayáns, fue muy bien acogido en las esferas oficiales y no debió andar corto de habilidad para manejarse entre los grandes que le pudieran favorecer y patrocinaran sus trabajos.

 

Francisco Cerdá y Rico nació en Castalla, provincia de Alicante, el 8 de marzo de 1739. Hijo de familia hidalga, estudió leyes y cánones en la Universidad de Valencia, donde se graduó de Bachiller en Derecho Civil. Desde muy temprano entró en relación con Mayáns, que orientó sus aficiones humanistas y con quien mantuvo larga correspondencia. Ayudado por las recomendaciones de Mayáns se trasladó Cerdá a Madrid; bien pronto obtuvo un puesto en la Biblioteca Real, donde pudo entregarse fácilmente a sus trabajos preferidos. En 1775 fue elegido académico de la Historia y en 1783 oficial de la Secretaría de Estado y del despacho universal de Gracia y Justicia de Indias, lo que le obligó a dejar el servicio activo en la Biblioteca Real; más tarde fue nombrado secretario del Consejo y Cámara de Indias para el departamento de Nueva España. El erudito de Castalla fue condecorado con la cruz de Carlos III. Francisco Cerdá y Rico murió en Madrid el 5 de enero de 180, dejando tras sí un testamento con abundantes deudas.

 

Cerdá editó obras de escritores españoles en latín y castellano. Entre las primeras deben destacarse las obras de Alfonso García Matamoros; el De Aphrodisio expugnato, de Juan Cristóbal Calvete de Estrella; las Obras de Juan Ginés de Sepúlveda. Finalmente hay que añadir la Retórica de Vosio, a la que añade Cerdá un comentario sobre numerosos retóricos españoles desde Nebrija a Luis Vives hasta Mayáns, con noticias bibliográficas, sobre cada uno.

 

Entre las ediciones en español deben destacarse las Obras de Francisco Cervantes de Salazar; La Diana enamorada, de Gaspar Gil Polo, una colección de Poesías espirituales de diversos autores; las Tablas poéticas, de Francisco Cascales; las Coplas de Jorge Manrique. Mención aparte merece la gran colección en veinte volúmenes de las Obras sueltas, así en prosa como en verso, de Félix Lope de Vega Carpio.

 

No menor que en el campo de la literatura fue la actividad de Cerdá en el terreno de la historiografía. Editó Cerdá la Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos, de Francisco Moncada, no publicada hasta 1623. En 1777 editó las Memorias Históricas del Rei D. Alfonso el Sabio i observaciones a su Crónica, del Marqués de Mondéjar. En 1783 editó Cerdá las Memorias históricas de la Vida y Acciones del rey D. Alonso el Noble, octavo del nombre, según manuscrito de Mondéjar facilitado por Mayáns poco antes de su muerte. Y en 1787 editó la Crónica de D. Alonso de Onceno de este nombre, publicada por primera y única vez en 1551.

 

En numerosos pasajes de sus publicaciones. Cerdá declara que le mueve el deseo de vindicar el honor y el nombre de la literatura española, dándola a conocer dentro y fuera de país: los eruditos europeos –dice- apenas tienen noticias de unas pocas obras españolas, debido en buena medida a nuestra propia incuria, ya que no nos hemos cuidado de sacar de la oscuridad a nuestros ingenios. Y como dijo el poeta: “Y es hoy aquel mañana de ayer... “

 

Francisco Arias Solís

 

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Comentarios

Ibn Jaldun por Francisco Arias Solis (Francisco Arias Solí)
Gracias por vuestros comentarios. No conozco el escrito  de E. Rivadulla  por lo que dificilmente ......(16 nov)
Ibn Jaldun por Francisco Arias Solis (Ellvira Rivadulla Ma)
Soy novata en el tema. No sé si este comentario de Francisco Arias Solís fue hecho a un escrito ......(16 nov)
Ibn Jaldun por Francisco Arias Solis (ribasol)
Me ha gustado tanto este "simple" escrito que me ha dejado la mente en este momento sin grandes ......(28 jun)
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